Cultura

Manolo Millares, un diez en dibujo

Manolo Millares, un diez en dibujo

Encasillado como el autor de los «sacos» y «arpillerías», el artista canario se revela en otra muestra del Botín como excelente dibujante

La comisaria de esta exposición, María José Salazar, ha seleccionado 100 obras de Manolo Millares (Las Palmas de Gran Canaria, 1926 - Madrid. 1972), 82 de ellas pertenecientes a la familia, cedidas por su mujer, Elvireta Escobio, y por sus hijas, Eva y Coro Millares. La mitad se expone por primera vez. Es ésta una obra ascética y dramática, reveladora, que muestra las huellas de un devenir oculto. Este proyecto se enmarca dentro de la línea de trabajo, desarrollada durante más de una década por la Fundación Botín, dedicada a la recuperación, estudio y reivindicación del dibujo de grandes maestros españoles.

Ansias de autor

Lo primero que sorprende aquí es la gran variedad temática y formal, la inquietud investigadora de su autor. Organizada como un recorrido cronológico, está dividida en cuatro salas. La primera abarca el periodo de formación, de interés por las culturas anteriores a la conquista, y de asimilación de las corrientes vanguardistas. Podemos ver cinco autorretratos, reflejo de la búsqueda de la obra como lugar conceptual en el que reconocerse. A lo que hay que añadir los múltiples autorretratos de sus manos, dibujadas a lo largo de toda su vida, citadas también en sus textos escritos. Las manos como herramientas singulares capaces de atesorar una memoria distinta, de estar vinculadas a una forma de pensar que utiliza imágenes táctil-cinestésicas inmediatas, verificadoras.

La segunda sala contiene ya una obra de plena madurez, complementaria de sus grandes creaciones con arpilleras y sacos violentados, piezas experimentales sobrias y concisas. Y obras de radical inconformismo, como las de la serie «Los curas», en oposición a la utilización que el régimen pretendía hacer de la pintura de vanguardia para dar una imagen exterior de aperturismo.

La tercera sala (1964-1969) reúne obras de plenitud creadora, en las que Millares vuelca su pasión por la arqueología, el impacto que le produjeron las momias guanches, tema central que recorre toda su obra: Eva y Adán exhumados horizontalmente, el tríptico Homúnculo, o El picador, una dura imagen de la muerte a caballo. Propuestas en las que el color rojo, el collage, el monotipo y el esgrafiado acrecientan el dramatismo. La última estancia recorre la obra más luminosa, pero no menos trágica, marcada por la experiencia de un viaje al Sáhara. Su constante interés por la poesía se concreta en los grafismos, la palabra repetida hasta dar forma a una textura-tejido-texto, en piezas organizadas como esquemas conceptuales acerca de los fósiles y los restos animales encontrados en el desierto.

Un arqueólogo

Manolo Millares actúa como un arqueólogo que, más que encontrar, crea los Pictogramas, los Homúnculos, las Antropofaunas. Vive la poesía como herida, como búsqueda de la verdad, como compromiso que tiene un sentido ético, romántico y trágico. Es un explorador del arte similar a Humboldt en la cuenca del Orinoco, un viajero iniciático como René Daumal en El monte análogo, que no olvida la ecuación que une los términos de espiritualidad y compromiso histórico.

Una de las virtudes de esta exposición es la de reivindicar a Millares no solo como un gran maestro renovador del arte internacional, sino también como iniciador de un nuevo concepto del dibujo y de la pintura sobre papel, que pasa de ser el lugar de los bocetos, a ser un medio para la formalización de esquemas conceptuales con finalidad en sí mismos, un ámbito específico para desarrollar el arte como búsqueda poética y trascendente, dolorosa por comprometida.