Cultura

Lorenzo Oliván, la intensidad del chispazo poético

Lorenzo Oliván, la intensidad del chispazo poético

Poco a poco, con una discreción que en absoluto implica invisibilidad, la colección de poesía de la Universidad de Zaragoza, dirigida con tan buen tino por Fernando Sanmartín, va haciéndose con un espacio muy especial y crecientemente prestigioso en el panorama español, lo cual supone un premio al trabajo constante y bien hecho, al buen criterio literario. Y ahora esa colección, La gruta de las palabras, se apunta un estupendo tanto al hacer suyos los nuevos fragmentos poéticos de Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, 1968), sin duda uno de los poetas más firmes y valiosos de ese mismo panorama.

Estos Tres movimientos, subtitulados (Segundos vértices), amplían así aquellos Vértices que publicó en Málaga en 2006 el Centro Cultural de la Generación del 27, y tienen por tanto algo de plaquette, pero de ningún modo de proyecto menor. Oliván tiene muy bien pensada y parcelada su obra, y junto a los libros de aforismos, por una parte, y los poemarios plenos, por otro, va ofreciendo una serie de libros en los que va haciéndose no sólo el principal autor de fragmentos poéticos, sino el más activo teórico al respecto. Son poemas breves, sí, pero son cabalmente poemas, sin matices, sólo que responden explícitamente a una naturaleza distinta, menor en cuanto a su extensión pero no (más bien al contrario) en cuanto a su intensidad o a su alcance.

Los lectores de Oliván ya saben bien qué pueden encontrarse en esta nueva entrega: siempre autoexigente, siempre hondo, siempre observador, nuestro poeta comenzó siendo algo así como un discípulo de la luz, que es una de sus comprensibles obsesiones recurrentes, para, a fuerza de insistir, pasar después a ser casi un maestro en esa exigente disciplina: «¿Y si la luz no cuartea las cosas?/ ¿Y si sólo da un mapa más secreto/ para llegar a ellas?», se pregunta (qué grandes textos en forma de pregunta nos ha regalado Oliván), para después volver a rendirse: «Aprender de los ritmos de la luz / la naturalidad / con que unas veces pierde / y otras veces conquista».

De corazón juanramoniano, Lorenzo Oliván puede ser un poeta cotidiano en las imágenes de sus aforismos, que a veces se presentan muy emparentados con las greguerías (pues, como su amigo Manuel Vilas acaba de afirmar en Alegría, a menudo utilizamos los objetos para hablar de nosotros mismos), pero en general tiende a lo sublime, lo cual no quiere decir que renuncie al tono bajo en su forma de decir, o que se distancie de esa sencillez difícil que le ha caracterizado siempre. No sólo es un gran poeta de paisajes (ver su espectacular Ensenada de Ostende, en Único norte), sino que con el tiempo se ha ido haciendo más abstracto también en ese sentido, como ocurrió con el de Moguer, y se fija en inmensidades más inconcretas: el cielo, el mar, el tiempo, el silencio, el amor, la muerte, lo simplemente lejano, comprendiendo definitivamente que «Allá / en el horizonte / lo más ajeno / es íntimo». En ese mirar hacia lo más remoto hay un curioso trabajo de introspección, los ojos viajando junto a la inteligencia y rebotando de forma fecunda por todas las dimensiones conocidas. Es una operación similar a la que otro excelente poeta de su quinta, Enrique García-Máiquez, ha expresado de un modo inapelable en su también reciente, y también magnífico, Mal que bien (Rialp): «Sobre mi piel/ el sol/ que está a ciento cincuenta millones de kilómetros».

Entre tanta trascendencia también hay sitio para bromas metapoéticas, que sin embargo encierran buenas pistas sobre cómo leer lo que estamos leyendo («Aquel que no sabe que en poesía / una sola palabra lo cambia todo// no sabe una sola palabra // de poesía»), pero lo fundamental es la sabiduría que proporciona la propia experiencia, y sobre todo la buena disposición a aceptar y aprovechar las cosas sobrevenidas, la conformidad (que no exactamente resignación: si no, no escribiríamos) ante lo inevitable, la curiosidad insaciable, la obediencia casi jubilosa ante lo que ocurre en planos de la realidad que no podemos controlar: «Algo bueno de tocar fondo / es / el cambio radical de perspectiva».

A comienzos de 2020 la editorial Pre-Textos publicará Las percepciones islas (1993-2018), con prólogo de Juan Manuel Romero, una antología que reúne 25 años de reflexión y escritura. Será una óptima ocasión para revisitar la obra de un poeta al que, sea como sea, hay que tener siempre cerca, exprimiéndolo del mismo modo con que él exprime lo que mira, aprovechándonos de una sensibilidad incomparable.