Cultura

Laurent Binet: «Los incas eran menos crueles que mayas y aztecas, pero igual de imperialistas»

Laurent Binet: «Los incas eran menos crueles que mayas y aztecas, pero igual de imperialistas»

En «Civilizaciones» le da la vuelta a la Historia para imaginar la ucrónica Europa del imperio inca

¿Y si los vikingos se hubieran paseado por Cuba, México y Panamá? ¿Y si Colón hubiera perecido con lo suyos y no hubiera retornado a España jamás? ¿Y si el inca Atahualpa hubiera conquistado Europa, revocado en España el decreto de la expulsión de judíos y moriscos y acabado con el luteranismo, con la financiación del poderoso banquero Fugger hasta implantar la religión del Sol? ¿Y si Cervantes hubiera escrito su Coloquio de los perros y el retablo de las maravillas en compañía de Montaigne y de El Greco?

El verbo «hubiera» se reitera en estos interrogantes de los que nace «Civilizaciones» (Seix Barral), novela ucrónica de Laurent Binet (París, 1967). Si en la novela cabe todo, Binet sabotea la Historia y mueve a su antojo a sus protagonistas por el tablero de una imaginación desbordada. Ahí están unos diarios colombinos muy diferentes; o la relación epistolar entre Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam: todo reelaborado a la manera «binetiana». Tiziano pinta un retrato de Atahualpa y Miguel Ángel trabaja en el Templo del Sol. Las tesis de Lutero se coinvierten en las 95 Tesis del Sol. Pizarro no conquista América, pero sí a la mujer de Atahualpa. Los mexicanos toman París y erigen una pirámide frente al Louvre… De piedra, sí… pero quinientos años antes que Mitterrand.

La ucronía, explica Binet, es un ejercicio intelectual que en «Civilizaciones», se desarrolla como un videojuego. El título de la novela, que parece remitir a un sesudo ensayo histórico, es el mismo de uno de los videojuegos que el escritor frecuentaba en su infancia. Con ese propósito lúdico, al modo de los juegos de estrategia, Binet desmonta la Historia… «Es como si cambias una piedra de los cimientos de un edificio, el edificio se viene abajo», apunta. El autor francés lleva su omnisciencia hasta el extremo: reinventa una batalla de Lepanto en la que el choque de civilizaciones enfrenta a católicos y turcos contra incas y aztecas.

Al modo de las novelas bizantinas o las de caballerías, Binet quiere enviar al Quijote a vivir sus aventuras por tierras americanas. Y como todo es posible en la ucronía, Cervantes acabará cruzando el Atlántico en el último capítulo de la novela.

La subversión de la historia no es una novedad en la bibliografía de Binet. Lo hizo en «HHhH» (premio Goncourt 2010), sobre el atentado al jerarca nazi Reinhard Heydrich y «La séptima función del lenguaje» 2016), parodia detectivesca de la vida, obra y muerte por atropello del semiólogo Roland Barthes.

Fue después de publicar esta novela, en un viaje a Lima, cuando Binet se imaginó que los incas fueran los descubridores del Nuevo Mundo que, cambiando la perspectiva, es la Vieja Europa. «No he querido escribir una novela de tesis, ni de buenos y malos; he cambiado la dinámica entre los vencedores y los vencidos. En este caso los conquistadores, con toda la violencia que eso implica, son los incas y las víctimas los europeos», advierte.

Tampoco pretende caer en la idealización del indigenismo, tan grata a los populismos que derriban estatuas en América. «Los incas eran menos crueles que los mayas o los aztecas, pero igual de imperialistas», matiza. En cuanto a las aportaciones civilizadoras incaicas, Binet destaca que su sociedad planificada con su culto al sol «ayudaría hoy contra la crisis climática y una especie de seguridad social o salario básico avant la lettre para cada familia, aunque su sociedad no era idílica, sino piramidal y absolutista».

Así, mezclando personajes y episodios históricos, el escritor francés conjuga culturas diversas: «No existen civilizaciones puras», concluye.

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