Cultura

Las imágenes que queman de Ceija Stojka

Las imágenes que queman de Ceija Stojka

El Museo Reina Sofia acoge una exposición de la artista romaní que sobrevivió y pintó el Holocausto nazi

La producción de la austriaca Ceija Stojka (1933-2013) es difícil de insertar en una tradición artística establecida: su carácter autodidacta, su tardía iniciación pictórica, la carencia de objetivos comerciales y su condición de mujer gitana hacen de ella una figura inclasificable. Pero estas características también permiten dilucidar las razones de su recuperación institucional: los museos, hasta hace poco espacios excluyentes y jerárquicos, abren hoy sus puertas a la criticidad y a la reconstrucción de narrativas que ellos mismos habían ayudado a silenciar.

Conciencia y museos

En Stojka encontramos una figura de alto valor a la hora de encarar una conciencia museológica «activista» -su trabajo permite lecturas poscoloniales, de identidad y de género-, así como una revisión de la memoria del Holocausto nazi y, en concreto, de la persecución y el exterminio al que fue sometida la comunidad gitana y que acabó con la vida de más de medio millón de personas.

Stojka sobrevivió a tres campos de concentración y tenía apenas doce años cuando fue liberada. Tuvieron que pasar cuatro décadas para que pudiera asimilar la experiencia vivida y verbalizar el trauma: primero, en 1988, con la publicación de sus memorias; poco tiempo después, a través de dibujos y pinturas. Su relato está atravesado por el filtro de los recuerdos, siempre falibles y cambiantes; sus pinturas surgen de un acto creativo abierto a la ensoñación y a la metáfora. Pero el dolor que expresan sus imágenes procede de una búsqueda a toda costa de la verdad: en ellas narra la existencia nómada junto a su familia, la posterior persecución, el descenso a los infiernos en los diferentes campos y, por último, la liberación y el regreso al mundo.

Decía Rilke acerca de la imagen poética que si arde es que es verdadera, y en las pinturas de Stojka encontramos, aún encendidas, las cenizas de un dolor colectivo que reclama justicia y reparación. Dar visibilidad a su propia historia implicó involucrarse en la lucha por el reconocimiento y la especificidad del genocidio gitano, con enormes lagunas documentales y que durante mucho tiempo fue excluido de los programas de restitución que se pusieron en marcha en la posguerra.

La libertad ante todo

Las pinturas de Stojka no se inscriben en ninguna genealogía concreta, más allá de su marcado carácter expresionista. El suyo es un «estilo» que se suele definir con palabras como amateur, naïf u outsider, que apenas sirven para cubrir la razón de su propuesta: la necesidad de decir lo indecible y, también, de que el pasado no pase, al menos no sin consecuencias. A los 56 años, Stojka comienza a pintar en su cocina y la libertad formal se convierte en su principal recurso: trabaja con pinceles y con los dedos, sobrecarga de materia pictórica el soporte, incorpora textos, establece su iconografía recurrente y genera su propia lógica que le lleva a rebajar la temperatura cromática en los episodios más terribles.

Clamor colectivo

En esta época de miradas sobresaturadas y distraídas, la obra de Stojka logra impactar y afectarnos. Demuestra que un arte verdaderamente político no es aquel que convierte el dolor o la injusticia en un tema, sino el que es capaz de posicionarse y expresar un clamor colectivo. La vigencia de su obra es clara en un presente donde el racismo, siempre cómodo en los espacios institucionales, ha encontrado nuevos voceros. Es necesario reivindicar hoy una figura como la de Stojka: mujer, artista, gitana y víctima del horror, y que en el reverso de uno de sus cuadros nos dejó escrita una humilde advertencia: «Temo que Auschwitz solo esté durmiendo».