Cultura

«La leyenda de la ciudad sin nombre»: el destino de una estrella errante

«La leyenda de la ciudad sin nombre»: el destino de una estrella errante

En la película, Ben Rumson susurró «cuando llegue al cielo, atadme a un árbol» mientas se alejaba de una ciudad que nunca tuvo un nombre

«Cuando llegue al cielo, atadme a un árbol», susurró Ben Rumson, mientas se alejaba de una ciudad que nunca tuvo un nombre. Se sentía una estrella errante, porque, como le recordó a Horace Tabor, él era de aquellos de «los que no iban a ninguna parte». La historia del oro terminó. Socio (quien le repitió que así le gustaba que le llamara, y Ben lo comprendió cuando le confesó que su verdadero nombre era Silvestre), y Elizabeth se quedaron, querían tener una casa.

En el fondo, Socio era un granjero, lo del oro no iba con él. Demasiado serio, demasiado formal, demasiado leal, para Ben. Whisky, mujeres, amaneceres en el infierno, errabundo, la huída tenía que acabar. Claro que tenía sueños, pero esperaba que no se cumplieran. ¿Adónde ir? ¿Al Este? ¿Seguir con lo del oro? La vida se le iba, pero tampoco era preciso recordarlo ahora.

Así que se puso en marcha y decidió que Wyoming era tan buen sitio como otro cualquiera para lo que se suponía sería una vida salvaje. Nada de civilización, ya había tenido bastante con los últimos años. Y del oro, ni hablar. No sería comenzar de nuevo, no, sería comenzar por primera vez algo. Dejar la estrella errante bajo la que había nacido y a la que tanto debía. Ni Dios (recuerda aún la conversación con la buena de la Señora Fenty y el intento de la pobre para que leyera la Biblia y dejara el licor), ni amo.

Siempre había hecho lo que, algo semejante al corazón o al instinto, le dictaba. Se había revolcado en el pecado, en la bebida, en el engaño. El héroe del más absoluto libertinaje se diluía como la ciudad sin nombre. Ceniza de otro tiempo. Ascuas de la pasión. Cansancio. Nada. Fijaría un rumbo, sin miedo, ni esperanza. Nadie le diría que era fácil.

Cuando se despidió de Socio, éste le preguntó qué haría además de beber y Ben, sin pestañear, le respondió que pasaría los días que le quedaran con un solo verbo: recordar. Pero la vida sigue. Tenía dinero, aunque pareciera increíble; sin ser una fortuna, era lo suficiente como para empezar. En Wyoming se empeñó en abrir un establecimiento, y le divirtió cómo pensaba llamarlo: La taberna del irlandés. No sería un Salón al uso, sería una taberna. Nunca había pisado Irlanda, y que le aspen si alguna vez se había interesado por la geografía, más allá de la que tenía ante sus ojos, pero le sonaba bien y además era dedicado a un tipo que, en el viaje hacia las montañas había conocido.

Un feriante, que iba recorriendo el Oeste con una máquina que le deslumbró, el Zoetrope, un tal Ford, era irlandés y la máquina era una circunferencia con dibujos que al pasarlos a gran velocidad daban la extraordinaria impresión de imágenes en movimiento. Una de las historias más celebradas de los dibujos del irlandés era la historia de una mujer blanca cautiva de los apaches.

Le propuso al irlandés que contara la historia de esa ciudad del oro que había sido enterrada en el barro de la codicia, pero al tal Ford le interesaban las historias del Oeste, de la caballería, las tribus indias y lo que ocurría por esos años en Irlanda. Ben le sonrió, le despidió con un elegante toque en su sombrero y ahí alumbró la idea que le daría un lugar en el mundo, por fin. La taberna sería ese árbol al que quería que le ataran cuando llegara al cielo.