Cultura

Juan Ortega deja su firma en una gigantesca corrida en Las Ventas

Juan Ortega deja su firma en una gigantesca corrida en Las Ventas

Toros vacíos y grandones de Martín Lorca en la festividad de La Paloma

El diestro sevillano Juan Ortega firmó los pasajes de la gigantesca y vacía corrida que echó hoy la ganadería Martín Lorca en el tradicional festejo de la Virgen de la Paloma en Las Ventas, una tarde en la que pudo haber tocado pelo de no ser por su mala espada.

Fue en el tercero, primero de su lote, un toro voluminoso pero sujeto con alfileres, ora por su propia y floja condición, ora también porque es un milagro que toros con estampa logren embestir por derecho.

Pero el caso es que Ortega logró extraer más de lo que tenía dentro el astado, al que toreó con empaque y mucha prestancia. Muy reposado también, primero a derechas, por donde dejó pasajes de buena firma, y después al natural, con dos muletazos profundos y enroscados que hicieron rugir al aficionado madrileño.

Y qué decir de los adornos y remates entre series, especialmente un par de trincheras y los pases de pecho de pitón a rabo. Tenía la oreja cortada, pero la espada una vez más volvió a atragantársele, haaciendo que se esfumara la posibilidad de pasear una oreja que se había trabajado por actitud y buen toreo.

El sexto, en cambio, fue un toro muy manso y con genio, a contra estilo de lo que necesita este torero sevillano, que esta vez pasó sin pena ni gloria ante semejante "regalo".

Robleño, que fue ovacionado por la afición al romperse el paseíllo, brindó al cielo una primera faena en la que tuvo que remangarse ante un toro muy basto y que no pasaba en los engaños. El madrileño quiso mucho con él en una faena de poco contenido artístico por la nula condición del de Martín Lorca, pero que tuvo su aquel por la generosidad y tremendo esfuerzo del matador.

El cuarto fue un toro que engañó a todos, pues después de galopar en los primeros tercios, sin embargo, se vino abajo enseguida en la muleta, frenándose y costándole también un mundo pasar. Porfió mucho Robleño otra vez con él tratando de justificarse por el derecho en otra labor de escaso eco en los tendidos.

Ritter brindó al doctor Padrós su faena al primero de su lote, un toro que se negó también a embestir y con el que el colombiano llevó a cabo un quiero y no puedo, atacando mucho el torero, pero sin respuesta por parte del animal.

Con el quinto fue un toro cuya lámina evocó a otra época -y no taurina- por astifino, cornivuelto y de gigantescas hechuras. Luego es verdad que dentro de su blandura no tuvo mal aire, y con él se vio a un Ritter demasiado ansioso y aturullado.