Cultura

Impresión fotográfica, fotografía impresionista

Impresión fotográfica, fotografía impresionista

Durante siglos, los pintores se empeñaron en plasmar la realidad de la forma más fidedigna posible. Perspectivas, veladuras, estudios anatómicos... La carrera por acercarse a la verosimilitud estuvo jalonada de hallazgos técnicos que hicieron posible los cielos de Velázquez o los edificios de Canaletto. La llegada de la fotografía supuso un cataclismo dentro de esa progresión. Igual que cuando aparece una innovación que produce un nuevo lenguaje (como pasaría después con el cine, la televisión o internet), hubo un momento de pánico y apocalipsis: ya no tenía sentido tratar de alcanzar el realismo, porque cualquier fotografía iba a capturar mejor la realidad.

O no. La popularización de los daguerrotipos e instantáneas, a mediados del siglo XIX, fue en realidad una bendición para la pintura. Liberados del agobio de pintar las cosas exactamente como son, los artistas pudieron empezar a volcar su interior en lo que pintaban. Que fue lo que hicieron los impresionistas, preparando el camino para las subsiguientes revoluciones artísticas del cambio de siglo: fauvismo, expresionismo, cubismo... Y no sólo eso: los impresionistas adoptaron muchos recursos fotográficos, como los encuadres y las composiciones, en una fructífera relación que recoge la exposición 'Los impresionistas y la fotografía' en el Museo Thyssen.

La muestra, que se podrá visitar hasta el próximo 26 de enero, está comisariada por Paloma Alarcó y presenta 66 lienzos y obras sobre papel junto a 100 fotografías de la época. Obras de Degas, Monet, Pissarro o Sisley, al lado de instantáneas firmadas por Gustave Le Gray, Eugène Cuvelier, Henri Le Secq, Olympe Aguado, Charles Marville o Félix Nadar.

Según palabras de Alarcó durante la presentación de la exposición, "los primeros fotógrafos no eran aceptados en la industria del arte, pero conforme fue pasando el tiempo, la fotografía logró dejar de estar asociada a una mera reproducción de la realidad y fue ganando credibilidad artística". Esto se produjo en un proceso de retroalimentación con la pintura: las primeras fotografías eran prácticamente pinturas, pero poco a poco el nuevo arte empezó a desarrollar su propio lenguaje. Esto terminó 'contaminando' a los impresionistas que, desde el propio nombre del movimiento, hablan de esa fugacidad que capturaban las imágenes de los primitivos fotógrafos. De ahí la fijación por la pintura au plein air, con trazos rápidos y vibrantes. Como subrayó la comisaria, "los pintores estaban obsesionados con mostrar el aquí y el ahora, eso les ciega a pintar de una forma muy rápida, lo que ahora a nosotros al ver sus cuadros, nos da una visión efímera".

Esta concepción es la que marca también la estructura de la muestra, dividida en nueve capítulos o salas: el bosque, el agua, figuras en el paisaje, en el campo, los monumentos, el retrato, el cuerpo y un archivo que documenta las piezas de los anteriores espacios, a veces con fotos de las pinturas de las fotos.

"Atacada tanto tiempo, y tan injustamente, en nombre de las bellas artes, [la fotografía] responde noblemente a esos ataques enriqueciendo a las propias artes con un tributo inestimable, que sólo ella era capaz de proporcionarle". Escrito por el divulgador científico Lois Figuier, este texto condesa bien el debate que provocó la irrupción de la fotografía entre los pintores y el propio espíritu de la muestra. Una nueva forma de ver que hoy tenemos asumida pero que, sin embargo, sigue haciéndonos entrecerrar los ojos al ver estas pinturas junto a sus hermanas fotográficas.