Cultura

Felipe Benítez Reyes se divierte escribiendo cuentos

Felipe Benítez Reyes se divierte escribiendo cuentos

El escritor gaditano afronta el reto de reunir en un libro una serie de relatos que siguen la estela de los maestros del género

Para que un narrador se encuentre en estado de gracia como tal tiene que sentirse Sherezade, o sea, ha de escribir, figuradamente, bajo la amenaza de un alfanje afilado sobre su cuello. Tiene que ser consciente de que solo sus habilidades como narrador van a poder salvarlo de ese filo insaciable, y que debe enhebrar cada historia en la aguja de la genialidad para salir airoso del trance. Eso es lo que estoy seguro de que le ha sucedido a Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960) en los diferentes momentos en que ha ido urdiendo, a lo largo de los últimos veinte años, las invenciones reunidas en Por regiones fingidas (1998-2018), una magistral colección de relatos breves.

Felipe se ha sentido Sherezade y ha decidido dar lo mejor de sí para entretener a la caterva de sultanes, cada vez más escasos, que pueblan el anfiteatro en cuyo estrado se sitúa él, dictando historias caracterizadas por la brillantez estilística, una insondable amenidad y una irrepetible y fantástica administración de la sorpresa. Virtudes literarias que son marca de la casa Benítez Reyes desde que comenzó a publicar, allá por los años ochenta del siglo pasado. Primero, fueron libros de poesía; luego, novelas y cuentos; y hasta algún inefable prontuario enciclopédico, ordenado alfabéticamente, que respondía al peregrino título de El intruso honorífico.

Son historias caracterizadas por la brillatez estilística y una insondable amenidad

Esta nueva incursión de Benítez Reyes en el terreno del cuento, para mí más difícil de manejar por parte del narrador que la mismísima novela. Borges lo tenía muy claro al primar el relato corto sobre cualquier otra manifestación narrativa. El cuento debe resolver su plot en pocas páginas que, a su vez, han de actuar como prolegómenos de un estallido final que no puede producirse ni antes ni después de una hora D marcada de manera indeleble por el autor en su gabinete creativo.

Genialidad

De eso sabía mucho la habilísima Sherezade. Por algo conservó la cabeza sobre sus hombros. Pues bien, en este caso, Felipe aborda el relato breve en una colección que contiene, como reza la portada del libro, cuatro series de invenciones: «Pompas fantásticas» (serie subtitulada con la etiqueta «Laboratorio de procedimientos narrativos»), «Las ficciones en vilo» (definido por el autor como «conjunto de miniaturas que incluye un surtido de sueños ejemplares»), «Formulaciones tautológicas» (formado por 21 collages del propio Benítez Reyes a los que se dispensa un recorrido narrativo en forma de ilustraciones textuales a cada una de las imágenes, que no tienen nada que envidiar a las de grandes collagistes muy admirados por mí, como Max Ernst, Chumy Chúmez o el poeta conquense José Luis Jover) y «Destino y pantomima» (cuarta y última serie, subtitulada «Muestra de los milagros urbanos de los que ha quedado constancia en el Archivo Histórico Provincial de Cádiz»).

Me he detenido en la economía interna del libro, porque la mera reproducción de los epígrafes de su estructura cuatripartita nos sitúa ya en un territorio de genialidad poco habitual y, sobre todo, divertido (la literatura es, también y ante todo, diversión, aunque haya tantos escritores y escritoras, como se dice ahora, que se empeñen en lo contrario). Léanlo, por favor. No se lo pierdan.