Cultura

Epílogo: Rosalía vuelve a casa

Epílogo: Rosalía vuelve a casa

Ha pasado año y medio desde que la de Sant Esteve Sesroviras impactó con Malamente en el Sónar, y seis meses desde el gran acontecimiento que supuso la presentación de El Mal Querer en el Primavera Sound, a cuyo repertorio de una veintena de títulos, que incluye su primer álbum -Los Ángeles (2017)-, tan sólo se han sumado desde entonces tres singles. A lo largo de todo este tiempo, en realidad muy corto, la rosaliamanía ha sido tanta y tan intensa que las expectativas ante esta nueva, y doble, cita barcelonesa, en un Palau Sant Jordi con capacidad para 15.000 espectadores donde volverá a actuar hoy, estaban sobre todo en pinchar el globo de un posible hartazgo con un fin de fiesta apoteósico, un epílogo de oro a todo lo que hemos vivido gracias a El Mal Querer, ese hito en capítulos de romance tóxico. Y así ha sido.

Polito, bailaor de pura cepa gitana, que ya había teloneado a Madonna y Beyoncé, se encargó de caldear el ambiente taconeando fuerte hasta que apareció la diva. Rosalía, siempre marcando pierna, apareció vestida de rojo, y secundada por ocho bailarinas a juego, cual aquelarre de Suspiria salido del calendario Pirelli. Y abrió el fuego, fiel al guión de estos últimos meses, con la infalible Pienso en tu mirá, como si oficiara misa para sus miles de entregados feligreses. Siguió A palé, el último single, cuya agresividad poligonera impone, y quizás dé pistas de a dónde se dirigirá Rosalía, una vez haya coronado esta gira, el próximo 10 de diciembre, en el WiZink Center de Madrid.

Los móviles se encendieron con Barefoot in the Park, su romántico dueto con James Blake que, en ausencia del interesado, sonaba un poco extraño. Como si su voz pregrabada llegara del Más Allá. Más emocionante todavía un Catalina a capella, que le dedicó a su maestro de cante, Chiqui de la Línea, que sí estaba presente en la sala. El público, especialmente el más joven, vibró sobre todo con Millònaria, su hit en catalán, y toda la sala se puso en pie cuando encadenó los ritmos más bailables de Yo x Ti, Tu x Mi,Con altura y Aute cuture, rumbo a la traca-trá final de Malamente, coreada por la multitud enfebrecida. Y así fue todo, en apenas hora y media, un recital de hits, que no por previsible resultó menos esplendoroso. Rosalía resumió el que, volvió a agradecérselo al público, ha sido "el mejor año de su vida". Queda por saber, y esa es la gran incógnita, qué le deparará un futuro, en el que imaginamos que seguirá aliada con El Guincho, coproductor de El Mal Querer, y presencia ineludible a los controles en la sala.

Hay que confiarlo todo a su ambición. Como todo el mundo sabe, el éxito planetario de Rosalía, que lleva desde marzo triunfando con la gira de El Mal Querer a ambos lados del Atlántico, no es sólo el fruto de su innegable talento a todos los niveles -como cantante, compositora, bailarina y productora-, sino también de su ambición. Una ambición sana y creativa, pero tan desmesurada como sus largas uñas a lo Fu-Manchú, que la ha llevado a dominar el mainstream internacional, y volver a casa en volandas, como una estrella fulgurante de la que no se conocen exactamente los precedentes.

Pero ir a por todas, aunque sea de cara, siempre provoca suspicacias. Hay enfados, y a Rosalía se la ha acusado de todo y más, principalmente de apropiarse del flamenco -una música de la que se enamoró de adolescente, sacrificándolo todo para estar a la altura-, y de blanquear la música urbana para llegar a un público más amplio, mezclando ambas cosas. Precisamente las claves de su éxito. Miley Cyrus ya lo dejó claro hace unos años, en la era YouTube, los haters son condición sine qua non para que un triunfo sea redondo, como ha sido el de Rosalía.