Cultura

El criterio para valorar las obras literarias

El criterio para valorar las obras literarias

Vemos con estupor cómo muchas veces los mejores lectores o incluso los críticos más prestigiosos aceptan con una gran sonrisa libros que son como marisco pasado o bollería industrial

Vivimos en un mundo de expertos. Todo el mundo diferencia, por ejemplo, la fruta buena de la mala, el pescado fresco del no tan fresco. En elmercado, sabemos qué peras tienen buen aspecto pero están duras como piedras, qué melón está pasado, qué naranjas tienen zumo o están secas. Otro ejemplo fácil: la ropa. Todos diferenciamos un buen traje de un traje barato, un jersey de Alcampo de uno de El Ganso. ¿Y los bolsos? ¿Y los relojes? Un Cartier es un Cartier, y un Swatch es un Swatch. La cosa está clarísima. Lo mismo sucede con la electrónica, con los móviles, con los coches... Todos, hasta los que no sabemos nada del tema, percibimos la diferencia que hay entre un Renault y un Ashton Martin. Todos entendemos instintivamente la diferencia entre la baquelita y la madera, entre la piel artificial y el ante, y vemos, sin hacer ningún cursillo, la diferencia entre unas copas de cristal bueno y unas de vidrio vulgar, o entre un mueble de época y uno de Ikea.

Pero vayamos a cosas más refinadas. Pensemos en el cine, por ejemplo. Sabemos si un actor es creíble o es falso, si la fotografía de una película es buena o mala, si la música es adecuada y mejora la película o no le añade nada. ¡Somos expertos en tantas cosas! Vemos con claridad la diferencia entre el marisco y el sashimi, entre los productos artesanos hechos a mano y los producidos en serie en una fábrica, entre un buen cantante y otro pésimo. Todo el mundo sabe de todo y entiende de todo y a nadie se la pueden dar con queso. En todo menos en una cosa: en la literatura. Ahí vemos con estupor cómo muchas veces los mejores lectores o incluso los críticos más prestigiosos aceptan con una gran sonrisa marisco pasado, manzanas agusanadas, bollería industrial y salsas con glutamato. Es como si nadie fuera capaz de distinguir lo verdadero de lo falso, el original de la imitación. El criterio, el sentido común, el más básico entendimiento del valor artesanal, intelectual o emotivo de las obras literarias parece haberse perdido por completo. ¿Por qué? ¿Cuándo?