Cultura

Ed Sheeran se corona como antihéroe millennial en Barcelona

Ed Sheeran se corona como antihéroe millennial en Barcelona

El cantautor conquistó sólo con su guitarra y ritmos pregrabados a más de 55.000 personas

Pasaban pocos minutos de las nueve de la noche cuando, con la luz del día bañando aún el Estadio Olímpico de Barcelona, apareció sobre el gigantesco escenario un tipo (sí, sólo uno) en camiseta y tejanos; un tipo que podría pasar por un técnico de sonido o un afinador de guitarras cualquiera pero cuya simple imagen despertó un estruendo de aúpa. Un momento. ¿Semejante jaleo para un cantautor? ¿Para alguien que aparece en escena, guitarra acústica al cuello, como si estuviera a punto de servirse una pinta o, peor aún, un té?

Así es. Con ustedes, Ed Sheeran, el epítome de la normalidad y el triunfo de la más sorprendente excepcionalidad. Un common people de manual, que cantaría Jarvis Cocker, convertido en héroe millennial y atípico astro pop. Había que verlo, a solas con su guitarra acústica y arropado únicamente por un beat electrónico en loop, metiéndose en el bolsillo a más de 55.000 personas mientras rescataba los recuerdos de infancia de «Castle On The Hill».

Antes de atacar «The A Team» evocó aquellos tiempos, justo antes de dar la campanada, en los que tocaba en minúsculos clubs de Londres, pero ni siquiera entonces pareció demasiado impresionado. Y no, no era falsa modestia, sino contagioso desparpajo. Como si ya hubiese compuesto canciones como «Eraser», brincos y rapeados incluídos, pensando en que algún día serían cantadas al unísono por varios miles de gargantas. Así que ahí estaba Sheeran, tanto da ocho que ochenta, llenando el Estadio Olímpico dos años después de abarrotar el Palau Sant Jordi y, quién sabe si en un guiño a su segundo disco, multiplicando por dos (e incluso por tres) el público de su último concierto en la ciudad.

Ed al cubo en la pista y también sobre el escenario, donde, a falta de más objetivos, las pantallas se entretenían en duplicar, triplicar o quintuplicar la imagen del británico. En realidad, ahí arriba pasaba más bien poca cosa: sólo Sheeran con sus tatuajes, su guitarra y esa pedalera de efectos que le permite reinterpretar a su manera los códigos del folk y la canción de autor. Sólo eso, sí, y sin embargo nadie parecía necesitar más. Máxime cuando el de Halifax rescató «Dive», surfeó el «Tenerife Sea» para derretir unos cuantos corazones y estrenó «I Don’t Care», colaboración con Justin Bieber que aparecerá en su próximo disco.

Tampoco importó demasiado que el despliegue escénico, con ese aparatoso púlpito del alta tecnología, fuese calcado al de su anterior visita. La gira, de hecho, es la misma, lo que explica tanto que Sheeran sea el músico que más recaudó el año pasado en todo el planeta como que el montaje funcione como la seda, alternando unos momentos de intimidad nada fáciles en un espacio de esas dimensiones con frecuentes parloteos, invitaciones al público a participar y quedarse afónico e incluso espacio para las raíces irlandesas (o algo así) de «Galway Girl».

Justo antes, Sheeran ya se había coronado como trovador clásico recuperando en formato abreviado «All Of The Stars», «Kiss Me» y «Give Me Love», todas ellas de su primer álbum. Un momento de reposo y contemplación tras el que reaparecieron los loops, los ritmos y, en fin, el cantautor 2.0 de «I See Fire» y «Poor Wayfaring Stranger». «Si no os sabéis esta probablemente os habéis equivocado de concierto», dijo justo antes de acariciar un primer clímax con «Thinking Out Loud» y ponerse sentimental (cursi, dirán algunos) con «Photograph».

Se intuía ya una recta final que fue cobrando forma con el suave balanceo de «Perfect», el atracón de tópicos guiris de «Barcelona» y el enérgico y despendolado rasgueo de esa «Sing» de coros futboleros. El público, obediente, cantó hasta quedarse afónico, aunque aún tuvo energías para coronar a Sheeran como antihéroe millennial con «Shape Of You» y«You Need Me, I Don’t Need You».