Cultura

«Cecilia Valdés»: la trampa del culebrón

«Cecilia Valdés»: la trampa del culebrón

La zarzuela americana, la cubana más propiamente, era territorio ignoto, que la Zarzuela ausculta ahora por primera vez

A pesar de su larga veteranía, el Teatro de la Zarzuela aún puede vivir de la novedad. El género tiene zonas de sombra cuya exploración redunda en una imagen cabal y más completa del repertorio. La zarzuela americana, la cubana más propiamente, era territorio ignoto, que la Zarzuela ausculta ahora, por primera vez, a través de «Cecilia Valdés», referencia simbólica de aquel teatro lírico. Una nueva producción escénica firmada por Carlos Wagner, con solución musical de Óliver Díaz y un doble reparto multicultural pone en marcha hasta el 9 de febrero esta obra de «ambiente fronterizo».

Cabrera Infante decía que Cuba era una cornucopia. Si la novela original de Cirilo Valverde le daba la razón indagando en el muy plural banquete social de 1882, la zarzuela construida sobre el asunto, que Gonzalo Roig compone medio siglo después, lo reafirma con su descripción musical. En cuanto a la sustancia, el regusto popular de la zarzuela siempre adelgazó los dramas convirtiéndolos en un retrato de ambiente. El antiesclavismo comprometido de la novela, su turgente machismo, se ahoga en la endeblez melodrámatica y la anécdota sentimental, que Wagner entiende en la Cuba de los años cincuenta, la del mambo. La letra y el «espectáculo» musical le contradicen.

En este esquema dramático, más gráfico que funcional, cuya escenificación se apiña en una campo de caña de azúcar y restos arquitectónicos habaneros, suceden asuntos graves, pero que comprometen poco al espectador. El ritmo de la adaptación surge soliviantado. La síntesis, que en momentos decisivos se apoya en intertítulos del cine mudo, tropieza con la endeblez de unos actores que transmiten incomodidad mientras pronuncian con extraña ambigüedad y un encorsetamiento expresivo un punto endurecido.

Destaca la estupenda Linda Mirabal cuya Dolores Santa Cruz tiene fuerza, garra y acento. También la Cecilia Valdés de Elisabeth Caballero porque es obvio el encanto libertario de una interpretación musical que surge con voz solvente y que se impone a un foso que interactúa anquilosado. Hay escasez de estilo, de gracia, de aliño. Las crónicas decimonónicas solían escribir: «La orquesta y coros como siempre». El cartón piedra es el dolor sordo de la zarzuela.