Cultura

Calderón, a pesar de todo

Calderón, a pesar de todo
«La hija del aire»Teatro de la Comedia, Madrid

Poner al día a los clásicos de nuestro Siglo de Oro es una necesidad que muy poca gente discute a estas alturas. No solo por la duración de las obras, difícilmente soportable por los impacientes públicos de hoy en día, sino también porque las circunstancias de la escucha han variado sustancialmente. Y, naturalmente, por el lenguaje empleado por los autores. En este sentido, el trabajo desarrollado en los últimos años por la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) es ejemplar. Por eso sorprende que ahora presente uno de los grandes monumentos calderonianos, «La hija del aire» -es, además, la primera vez que en sus cuarenta años de vida la CNTC la incluye en sus carteles-, en una versión, la de Benjamín Prado, que ha sometido a Calderón a un lavado excesivo con el loable ánimo de hacerlo comprensible; logra su objetivo, eso sí, pero a costa de empobrecer notablemente el imponente verbo del autor.

Aun así, Calderón es mucho Calderón, y «La hija del aire» mucha «La hija del aire». Sobre todo si se presenta de la mano de Mario Gas, que entra en el mundo del Siglo de Oro con esta obra. La historia de la reina asiria Semíramis, entroncada en cierto modo con su Segismundo de «La vida es sueño», le sirve a Calderón para elaborar un drama en el que aborda de nuevo cuestiones como el hilo del destino, el afán de poder y sus excesos, la ambición, la venganza, la lealtad, la nobleza, la manipulación...; en el que convierte la mitología en filosofía y en el que dibuja personajes poderosos, humanos, contradictorios, empezando por la protagonista, Semíramis, una mujer que desde su desamparo inicial (encerrada, como Segismundo, para protegerla y proteger al mundo de negros presagios) evoluciona hasta convertirse en una soberana tiránica y una madre desalmada.

Un imponente bajorrelieve de reminiscencias asiáticas, concebido por ese mago de la escenografía que es Ezio Frigerio, preside el escenario -a ello hay que sumar el precioso vestuario de Franca Squarciapino-. Mario Gas ha optado por una dirección limpia, muy centrada en los actores; ha conseguido contar la historia casi como una novela de aventuras en la que el público entra desde el primer minuto; con la que se entretiene y en la que se sumerge (en parte, justo es decirlo, a la llana versión de Prado; aunque es confiar muy poco en los espectadores si se cree que los versos de Calderón no hubieran conseguido el mismo efecto).

Marta Poveda, muy en primera actriz, llena de colores y matices su Semíramis y navega por sus diferentes actitudes y estados de ánimo con detallismo; del amplio reparto que la arropa y la acompaña destacan José Luis Alcobendas, sabio y astuto en su papel de Arsidas/Lidoro; el noble y ajustado Lisias de Lander Iglesias, y los firmes Menón de Agus Ruiz y Friso de José Luis Torrijo.