Cultura

Bill Viola, amplificado en Cataluña

Bill Viola, amplificado en Cataluña

La primera retrospectiva barcelonesa de Bill Viola tiene como epicentro La Pedrera, pero se expande a otros espacios

Acercarse a la obra de Bill Viola (EE.UU., 1955) siempre tiene algo de místico, algo de magia, como la de quien visita un lugar santo, tocado por la gracia o incluso por una maldición. Esta misma sensación es la que se experimenta en la muestra Espejos de lo invisible, en La Pedrera. Es la primera antológica en Barcelona del autor más reconocido internacionalmente desde el difícil mundo del videoarte. Y la propuesta se adapta al sinuoso trayecto de la sala del edificio de Gaudí como anillo al dedo. Una obra sin grandes pretensiones, directa, así como bella y reflexiva, que toca por igual a todos los mortales que se acerquen a experimentar el paso del tiempo ante sus intensas pantallas.

Falsas pinturas

Pantallas de todas las medidas, formatos y condiciones. Una instalación adaptada a las exigencias de cada pieza para que cada obra se entienda más allá del vídeo que contiene, forzando la experiencia del espectador y su vista como si de un gran libro negro se tratara. Vídeos que parecen pinturas, otros que se asemejan a instalaciones escultóricas o que incluso se pueden confundir con fotografías. En la era de la velocidad y el consumo rápido de imágenes, se fuerzan también los tiempos, pausados y condensados en la mayoría de las propuestas que se muestran en este recorrido atemporal por el imaginario de Viola. Obras que van desde su ya icónica The Reflecting Pool, de 1977, hasta la más actual, con sus cuatro mártires modernos de 2014.

Una muestra que hace necesario un lento caminar entre la oscuridad de la sala, los reflejos de las pantallas y elementos como el agua y el aire, para poder experimentar hasta el final las sensaciones de cada una, ya que no todas acaban como parece: unas cuantas ni siquiera lo hacen (funcionan en bucle), y otras, simplemente, hay que verlas pasar para encontrar su particular guiño al espectador.

Un silencio intencionado y conmovedor que se rompe al acercarse a Chott el Djerid, de 1979. En ella puede verse cómo Viola se desprende cada vez más de lo superficial, que, como el sonido, puede sacarnos de la experiencia introspectiva que sus obras invitan a experimentar. Un juego tecnológico, con una imagen cada vez más depurada, en la que la nitidez y el ruido son dos elementos que se combinan como si de diferentes «brochas» se tratase.

Una experiencia a través de veinte obras en La Pedrera que se complementa con una veintena más y que se han diseminado por diferentes salas y fechas del calendario. Así, el Bolit de Gerona, El Museo de Vic o PLANTA, de la Fundación Sorigué, en Lérida, se han adherido a esta particular antológica. Junto a ellos, el Palau de la Música Catalana y El Gran Teatre del Liceu realizarán una completa sesión la tarde del 4 de diciembre bajo el sugerente nombre de La Noche Bill Viola, con pases continuados de acceso libre.

Una forma más de acercar el delicado y sutil mundo del autor de los reflejos a todos los espectadores, demostrando la universalidad de sus temas. Como bien explica él mismo, sus obras cobran vida en la mente del espectador, por lo que esta experiencia múltiple amplificada en sedes y sesiones es un formato ideal para crear un altavoz de imágenes que el espectador aloja en su cerebro, reinterpreta y revive desde la experiencia planteada por el americano.