Cultura

Arco 2020: muy poco Franco, mucho arte

Arco 2020: muy poco Franco, mucho arte

Si un visitante llega a ARCO, la feria de arte contemporáneo de Madrid, un martes, en la víspera de su apertura (mañana/hoy, debut para los invitados; a partir del jueves, taquillas abiertas), se sentirá como el viajero que llega a una ciudad ya conocida en el primer tren de la mañana y recorre las calles en soledad, sin saber si le turba más aquello que reconoce o aquello que le es extraño. La arquitectura, los nombres de las cartelas y algunas de las imágenes son las mismas de siempre, pero las caras son nuevas cada vez, igual que el bullicio de la madrugada. Arco es como una ciudad, con sus calles en ángulo recto, sus barrios ricos y sus barrios pobres, sus momentos de transgresión y de recogimiento. Algunas esquinas son bellas y otras son desangeladas pero, como ocurre con las ciudades, el todo pesa más que las partes.

¿Qué hace entonces el visitante? Buscar a tientas ese lugar pintoresco que recuerda de anteriores viajes. Que, en el caso de Arco, sería la pieza provocativa, más o menos política, que año tras año pone sal en la tierra. ¿Algún rey Juan Carlos? ¿Algún Franco que nos consuele de esta extrañeza? Sí, aunque, de momento, ninguno tiene la firma de Santiago Sierra y su impacto no es tan grande como otros años. El Franco es cosa de Riko Sarinen; es un acrílico calcado de algún viejo retrato oficial al que el artista finlandés (con residencia en España) le ha añadido una larga leyenda que empieza con "Franco no fue tan malo como dicen" y termina en "formó parte de los payasos de la tele y los Lunis".

El cuadro se puede ver en la galería Forsblom de Estocolmo y se vende por 50.000 euros. Hace un año, Sarinen trajo un retrato de Felipe V en la que la leyenda decía "Gipsy King" y "Burger King". "Se vendió bien, a un coleccionista de Barcelona", explican en la galería.

Hay otro Franco: unas letras esculpidas sobre cuadernos calados en las que la palabra Franco se convierte, si se mira con atención, en la palabra Castro. El artista, obviamente, es cubano, se llama Marco A. Castillo, hace una especie de op-art revolucionario y bromista y está libre de la muy española obsesión por el dictador gallego. "Castro también era originario de Galicia", aclara Castillo.

Una de las fotografías expuestas de Arco 2020.
Una de las fotografías expuestas de Arco 2020.ANTONIO HEREDIA

En cambio, el retrato de Juan Carlos no es tan transgresor, a pesar de que está tratado con lejía para crear un áura. Se trata de un retrato casi de corte que Pedro G. Romero hizo en 1990 a partir de una foto de juventud del rey emérito. Carolina Alarcón, la galerista sevillana que trae la obra, explica que ésta no se dirige a la política y que, de hecho, ve ese tipo de transgresiones "como una molestia que impide apreciar el trabajo serio". Sus expectativas son buenas: el curso va bien en ventas, los clientes habituales se han interesado por su oferta y los presagios de un pinchazo económico, de momento, no son realidad.

Juana de Aizpuru hace un análisis parecido. Hace poco estuvo en la feria de arte de Ginebra y muchos coleccionistas se despidieron de ella con un "nos vemos en Madrid", de modo que sus previsiones son optimistas. "Ginebra es una feria estupenda. Cuida mucho los detalles y eso es algo en lo que Arco aún tiene que mejorar un poco". Aizpuru, que este año cumple 50 años como galerista, trae un Albert Oehler de 320.000 euros y unas enormes fotografías de temática yihadista de Eric Baudelaire de 70.000.

Y hay calles aún más caras. La galería de Leandro Navarro despliega, como todos los años, algunas de las piezas más caras de la feria. Un Calder destaca en su stand como un diamante en el escaparate de una joyería.

Sólo falta hablar del coronavirus: en Arco 2020 (con 209 galerías de 31 países) no hay representantes de China, pero esa ausencia no es muy significativa. Otros años tampoco había delegación china. Que todo el mundo vuelva de una pieza a sus casas.