Cultura

Aquel 13 de julio de 2013: el drama de un tapón histórico a las puertas del coso

Aquel 13 de julio de 2013: el drama de un tapón histórico a las puertas del coso

13 de julio de 2013

  • Duración:4:45
  • Ganadería: Fuente Ymbro
  • Heridos: 2 por asta de toro y 23 por aplastamientos y contusiones

Muchos corredores expertos que acuden a Pamplona lo dicen y todos lo piensan: el mayor problema de los sanfermines no son los toros, sino los demás corredores. La saturación de las calles, el exceso de aforo. Y dentro de ese temor, las montoneras han sido históricamente su máxima expresión. Tras las trágicas experiencias de los años 70, el último y trágico en 1977, la inclusión de gateras (escapatorias a ras de suelo) en el callejón en los 80 parecía haber aliviado la situación, pero no se resolvió completamente.

Aquel 13 de julio de 2013 no corrió por las calles de Pamplona ninguna de las ganaderías más temidas, pero otra circunstancia resultaría decisiva: era sábado, puente para los franceses, que vieron trasladada al lunes su fiesta nacional del 14 de julio. Exceso de participantes, muchos principiantes, en unos sanfermines ya de por sí bien saturados.

El resultado fue bien visible: a la entrada de la plaza, justo antes del albero, decenas de mozos cayeron y formaron un montón monumental, de una altura que superaba los dos metros. La montonera no paró de crecer hasta la llegada del encierro, cuando se compuso un cuadro dramático, angustioso y esperpéntico. Se mezclaban las caras de pánico con las astas de los toros de Fuente Ymbro. Las miradas de humanos y bovinos buscando una salida de la ratonera que parecía no llegar nunca. Segundos eternos en los que los animales trataban de superar el muro infranqueable de jóvenes caídos.

Pero, ¿por qué ocurrió?, ¿qué hizo diferente este encierro de otros tantos de fin de semana con una afluencia extraordinaria?

La clave estuvo en la apertura de las puertas de acceso al coso, dos hojas que los agentes de la Policía Foral se encargan de abrir en dos grupos de ocho. Pero uno de ellos falló. La entrada a la plaza de cientos de personas se concentró en un embudo de unos tres metros, lo que pronto provocó las primeras caídas de mozos. Cuando los toros todavía estaban doblando la curva de la Estafeta, ya se podía hablar de una montonera en el acceso al ruedo. Que no paró de crecer.

El último animal en llegar al final del embudo fue un jabonero despistado y con poca fuerza que sufrió varias caídas en el tramo de Telefónica. Así, llegó al callejón al paso, mirando a los desprevenidos que andaban por ahí y dudando entre si acometer o no contra los caídos en la trampa del gigantesco tapón. Pero decidió no hacer nada. Ni embestir, ni arrollar a nadie. Simplemente, esperar su turno pacientemente.

Los que ya estaban sobre la arena trataban de ayudar a los atrapados. Se echaban las manos a la cabeza desesperados, estiraban los brazos y trataban de rescatar a alguien. No lo conseguían y se volvían a echar las manos a la cabeza. Veían los mismos rostros de la tragedia de Heysel y no podían hacer nada por evitarlo.

En mitad del barullo surgió un héroe. Un arenero de la plaza de Pamplona. Un héroe en el sentido en que hizo lo que debía en el momento justo, sin pensar en las consecuencias. El arenero abrió la puerta de acceso al callejón. Los animales vieron luz y todos hermanados buscaron la salida. Y la encontraron. En cuestión de segundos, el tapón desapareció sin más consecuencias.

El extenso parte de heridos no refleja, ni de lejos, la angustia que vivieron los que estuvieron allí.

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