Cultura

Agatha Christie, vivir sin mancharse las manos

Agatha Christie, vivir sin mancharse las manos

A lo largo de una dilatada vida, la gran dama del crimen escribió su autobiografía, que en octubre verá la luz

Agatha Christie tuvo el don de narrar como nadie para entretener como pocos lo han sabido hacer en la historia de la Literatura, y eso se aprecia en el conjunto de textos que ella escribe a lo largo de su vida y que, ensamblados con el debido orden y edición, configuran esta autobiografía de cerca de setecientas páginas que se leen como un suspiro pese a que, en ocasiones, no cuenten nada de nada (simplicidades). Y es que Agatha Christie se define, desde el minuto uno de su existencia hasta el último aliento, como una persona feliz (como una perdiz, aquí podemos añadir esa apostilla de los cuentos más «soft»). De hecho, tal y como plantea esta autobiografía, todo parece un cuento sin moraleja alguna entrelíneas.

«Una de las mejores cosas que le pueden tocar a uno en la vida es una infancia feliz. La mía lo fue. Tenía una casa y un jardín que me gustaban mucho, una juiciosa y paciente nodriza, y por padres, dos personas que se amaban tiernamente y cuyo matrimonio y paternidad fueron todo un éxito». Así arranca el primer capítulo. Y así concluye la última página del libro escrita por ella el 11 de octubre de 1965 (Agatha Christie fallece el 12 de enero de 1976): «¿Qué puedo decir yo a los setenta y cinco años? Gracias, Señor, por la hermosa vida que me has dado y por todo el amor que he recibido».

Tiempo victoriano

He aquí la historia de una mujer de su tiempo, el victoriano, que no busca más que casarse con el hombre adecuado y, a ser posible estando ambos enamorados, no que sea un apaño de conveniencia tan habitual en su época, que sufre avatares a porrillo, pero que no le alteran el pulso del drama existencial. Ni que su padre, norteamericano, resultara un poco tarambana en asuntos de dinero, pese a haber heredado una renta sustanciosa, y eso les llevara a mudarse una y otra vez, ni que su hermano también fuera un jeta e indolente niño mimado, ni que ella viviera la Primera Guerra Mundial poniendo vendas sin parar como aplicada enfermera o preparando fórmulas magistrales para los soldados en la farmacia militar, ni que se encaprichara en dar la vuelta al mundo con su primer marido, al que debe su famoso apellido, «abandonando» a su hija en otras manos familiares (todo un alarde de independencia femenina para la época y con la complicidad de su adorada madre), ni que se pasara muchos años contando las perras, ni sus pinitos como surfista en Hawai achicharrándose al sol, ni su divorcio y su segundo marido... Agatha Christie tiene el don de hacer sencilla y entretenida hasta una vida, la propia, que parece anodina, pero que de anodina poco, porque ella es la dama del crimen y hasta se le perdona, a veces, tanto «happy end».

Incluso para contar su trayectoria vital, cumple a pies juntillas aquello de entretener de comienzo a fin

En tiempos como los actuales en los que la novela policiaca arrastra largas colas de seguidores y tesis de expertos en tan oscura materia que la relacionan con el sanctasanctórum de la literatura con mayúsculas, la pobre Agatha Christie (1890-1976, Gran Bretaña) tiene poco que alegar en su defensa, pese a que su nombre esté inscrito en el paseo de la fama de los récord Guiness como la novelista que más libros ha vendido, solo superada por el bardo Shakespeare y la Biblia. Por más que rebusquemos en sus historias de sobra conocidas y que va desgranando en esta autobiografía, no hay el menor atisbo de discursos ni dramas.

Como en un juego de inteligencia, y de entretenimiento de sobremesa, sin mayores (ni menores) ambiciones, Agatha Christie cumple a pies juntillas aquello tan efectivo, cuando alguien se pone a relatar, del arranque, el nudo y el desenlace.