Cultura

A Bill Viola se le ven las costuras

A Bill Viola se le ven las costuras

Una veintena de vídeos en Telefónica ilustran su interés por las pasiones humanas en un montaje que suscita pocas emociones

Con Bill Viola (Nueva York, EE.UU., 1951) tenemos un problema: que cuando se le ha visto en HD, cuesta entenderle en baja resolución; cuando se le ha disfrutado en espacios monumentales como el Guggenheim de Bilbao (donde ha entrado en dos ocasiones, la última en 2017) o se le han creado vías místicas como la de Cuenca de 2018, sorprende (para mal) encontrarle contenido en una «caja de zapatos». Entiéndame: en el cubo blanco (negro e insonorizado, en su caso) que impone una sala de arte.

Yo no llegué a ver esta misma muestra -que recala desde Barcelona, comisariada por su esposa Kira Perov- en La Pedrera, escenario para el que fue concebida en 2019. Pero seguro que las formas sinuosas del edificio de Gaudí funcionaban como caja de resonancia de sus mensajes místicos que aúnan budismo, sufismo y misticismo, así como referencias al mundo del arte, el clásico, el de Giotto o Masaccio; tanto como la catedral de Saint Paul, en Londres, la misma que le encargó la serie de Mártires que ahora recala, junto a una veintena de obras, en la Fundación Telefónica, donde su contemplación no suscita ni una décima parte de la devoción que levanta en el templo inglés. Con Viola, no solo es que el medio sea el mensaje: es que el medio, y el «envoltorio» del medio, son básicos para que funcione el «efecto guau» que parece perseguir con sus complejas instalaciones.

Con Viola, el medio, y «el envoltorio del medio», son básicos para emocionar

Si a ello se le suma que tras haber disfrutado antes, en otros entornos, de polípticos como «Catherine's Room» en «pantalla grande», ahora que casi se nos invita a presenciar ciertas obras en la pantalla de una tablet, el souflé se viene abajo por sí solo. Tampoco ayuda el recorrido compartimentado que han ideado los responsables de la muestra, como si Viola fuera un autor de «capillitas», por mucha devoción que haya en sus obras.

Recursos fetiche

Dicho esto, lo que el espectador descubrirá con esta cita (si no lo había hecho ya viendo con anterioridad al norteamericano en Madrid en espacios como la Fundación la Caixa, aunque esto fuera hace muchos años) es a un autor preocupado por el uso de las (ya no tan) nuevas tecnologías y las posibilidades que tienen estas de empatizar y transmitir las sensaciones y pasiones más humanas. A un autor obsesionado por conceptos vitales, como el de la muerte (tan necesario para que haya vida) y la asunción de la misma, y con recursos fetiche como la cada vez mayor resolución de sus tomas, la tendencia a complejas puestas en escenas, el uso casi obsesivo de recursos como la ralentización de la imagen o su exhibición en bucle. Y como si de un bucle se tratara, este también recorrido circular se abre y se cierra con dos autorretratos: son las piezas «Incrementations» (con un contador que recoge cada una de sus respiraciones desde 1996 y con la que el artista se enfrenta a su mortalidad), y «Portrait Submerged» (2013), con el agua (el líquido esencial, otro de sus «fondos de armario») como metáfora del fluir temporal.

Si me apuran, y ya que hablamos de tecnologías, casi me parece más interesante, justo una planta más abajo, la colectiva «Intangibles»: la propuesta con la que la Fundación Telefónica nos acerca a nueve de las obras maestras de su colección... pero sin mostrárnoslas. A los trabajos seleccionados de, entre otros, Torres García, Matta, Gris, Magritte o Chillida se accede a través de técnicas punteras como el 3D, el «videomapping» o la fotogrametría, cuestiones en los que esta empresa no podía fallar, en una cita pedagógica brillante, de montaje espectacular. En este caso, las tecnologías sí que generan emociones. Sin forzar nada.